Desafío diario de nuestro esfuerzo, guiándolos a lo largo de su crecimiento académico y personal, causantes de enojos y de alegrías, de frustraciones y de orgullo, de preocupaciones y satisfacciones.
Sin nuestros chicos nuestra labor no tendría sentido; desde su llegada colmada de incertidumbres y expectativas, demandando mucha dedicación y energía de nuestra parte, paciencia infinita y amplitud
de criterios. Segundo año como una extensión del primero y el tan esperado punto de inflexión llamado tercer año. Donde ya no corren tanto y gritan mucho menos, saben reconocer una silla y su uso correcto y dan signos de atención audiovisual, la pelotita se cambia por la coca y la charla, y ya se encuentran con las primeras decisiones que van a intervenir en su futuro.
En cuarto ya no corren, escuchan atentamente, empieza a aparecer el mate y se despiden de la especulación numérica del promedio salvador.
Quinto año, la última etapa del recorrido, ya la culpa no es del docente, hay que tomar decisiones y hacerse cargo. Ya dan signos de responsabilidad y de autonomía. El cambio es evidente, tanto como la cercanía del fin de una etapa y el miedo a dejar el ambiente confortable en que devino la escuela.
La despedida es con una sonrisa y promesas de volver, y el agradecimiento y el reconocimiento se hace presente.
Tarea cumplida.
